Las primeras clases son las más importantes
El estudiante elije aquellos profesores en los que confiará y de los que se propone aprender. Y en esta elección son fundamentales las primeras clases.
Mi propuesta es utilizar las primeras sesiones para hacer todo lo posible por estar dentro de ese grupo de profesores elegidos. ¿Cómo hacerlo?
En las tres primeras sesiones no les hablaré ni de la asignatura, ni de programaciones, ni de métodos de evaluación, ni de objetivos, ni de normas. Estas primeras clases las dedico dos cosas que, si las conseguimos, producirán efectos sobre el resto de los aprendizajes (tres clases con efectos multiplicadores sobre el aprendizaje).
1. Buscar un vínculo emocional con el grupo
Les intento explicar que lo más importante es saber que somos un grupo de personas que nos reuniremos para llevarnos bien y aprender. Que somos importantes unos para otros, que estamos allí para ayudarnos, aceptar retos, divertirnos y aprender a ser más inteligentes y mejores personas.
Qué nunca les hablaré de responsabilidad y disciplina: lo que les pido es compromiso y su confianza.
Compromiso para hacer todo lo posible por mejorar (su inteligencia y sus emociones), su compromiso por sentir curiosidad por conocer cómo funciona el mundo, por qué ocurren las cosas.
Y confianza. Aquí estamos todos aprendiendo: vosotros aprendéis a dejaros ayudar, a que entre todos aprendamos otras maneras de hacerlo mejor, y yo aprendo cómo ayudar a cada uno de vosotros de la mejor manera.
Y os ofrezco compromiso y confianza. Me comprometo a no juzgaros, a no etiquetaros y a convenceros de que con vuestro esfuerzo y vuestro trabajo, bien orientado, seréis más inteligentes y más capaces; ampliaréis vuestros conocimiento, mejoraréis vuestra manera de pensar y desarrollaréis la curiosidad de investigar el mundo. Y que confío en vuestras posibilidades, en vuestra determinación, y en vuestras ganas de progresar. Os respetaré y os admiraré por vuestro esfuerzo, por vuestro trabajo. Pero también por vuestra empatía, vuestra amabilidad y vuestra alegría. Podéis confiar en mí sobre todo porque no os obligaré a encajar en el concepto estándar de talento.
Y que os quede clara una cosa: no soy ni más inteligente ni mejor que vosotros. Sólo os gano en dos cosas: tengo más experiencia y a lo largo de mi vida me he esforzado y he trabajado más que vosotros.
Ayudarme a ayudaros. Me encanta aprender, y dar clases es una manera estupenda de aprender.
2. Conseguir la mejor actitud para superarse.
Siempre es posible cambiar de forma sustancial el nivel de inteligencia de un estudiante, con entusiasmo, trabajo duro y mentalidad positiva. Quienes empiezan menos inteligentes, a veces acaban siendo los más inteligentes. “No te abandones, si te niegas a aprender te estás negando una inteligencia mejor, estás renunciando a ser mejor”. Hay que desechar la mentalidad de que lo que vale es el talento, las capacidades: porque lo importante en la vida es el trabajo y la voluntad para conseguir lo que quieres: el mundo está lleno de gente con talento que fracasan o se estancan por no esforzarse.
Cuando los estudiantes comprenden que el instituto es un medio para desarrollar su cerebro, cuando son conscientes que con el esfuerzo llegan a ser más inteligentes y más capaces, dejan de sabotearse a sí mismos.
“No derroches tu esfuerzo en demostrar tus habilidades, relájate y dedica tu energía a aprender”. “Cuando te evalúen no temas los desafíos, no temas no saber las cosas difíciles, porque sólo los grandes retos permiten que te vuelvas más inteligente”. Porque el gran reto no es acertar en las respuestas, no es lo inteligente y habilidoso que eres ahora. El gran reto es esforzarse y trabajar para hacerse más inteligente para el futuro. Cuanto más difícil es conseguir el objetivo, resolver el problema, más crecerás mentalmente, incluso aunque de momento no consigas una solución definitiva, te hará crecer tu cerebro. Las cosas difíciles son las que te llenan el cerebro.
Conoce tus defectos y sé consciente de que no es nada irremediable: trabaja para mejorarlos. El mundo no se divide entre los inteligentes y los menos inteligentes, si no entre los quienes aprenden y quienes no aprenden.
Es imposible conocer las capacidades futuras de un estudiante en base a una evaluación actual: su potencial futuro sólo depende de su esfuerzo. Los malos resultados nunca deben afectar a nuestro ego (lo importante no es saber contestar, sino saber progresar), no deben ser un trauma que nos quite personalidad: deben servirnos para sacar nuevas energías, más ganas de trabajar. Si te abandonas estás negándote ser más inteligente y mejor.
Si enseñamos a nuestros estudiantes a construir su autoestima con los resultados (evaluaciones) aprenderán a proteger su autoestima y rechazarán retos difíciles porque en ellos se puede “fracasar”. Los profesores debemos valorar positivamente el fracaso cuando es el resultado del esfuerzo. ¿Cómo salir del fracaso?: no hay que buscar escusas, no culpar a los demás, obtener más información, ayuda de compañeros o profesor, y seguir trabajando. Porque aprendemos de nuestros errores hasta que empezamos a negarlos. Los profesores no debemos juzgar y etiquetar, si no orientar y ayudar.
Y esto es crucial en secundaria: cuando los profesores nos dedicamos a juzgar a los estudiantes, cuando las calificaciones desenmascaran sus debilidades y les convierten en ganadores y perdedores, muchos adolescentes dedican sus esfuerzos en proteger su ego y no se centran en aprender. ¿Cómo proteger su ego? Pues no esforzándose. Porque no esforzarse, no intentarlo, es la mejor escusa y te permite contar cuentos: “si me hubiera esforzado hubiera podido ser muy brillante”. Así surgen los malos estudiantes, que fuera de las aulas pueden ser personas maduras, inteligentes e interesantes que desaprovechan las oportunidades de las clases.
Aunque un libro mediocre o un profesor sea aburrido o no te caiga bien, tu verdadero talento es aprovechar incluso esas situaciones para concentrarte y mejorar.
Tenemos que mentalizar a los estudiantes de que es trabajo duro nunca les hará más vulnerables, si no más inteligentes. “Vuestro caballo correrá lo que pueda correr vuestro cerebro: cada vez que con esfuerzo aprendáis algo, seréis más inteligentes, y más fuertes, y vuestro caballo tendrá más oportunidades y las aprovechará mejor”. Que procuren estudiar para aprender, para ser más inteligentes, no para superar un examen o lograr una buena calificación.
Si no te sale, si no consigues hacerlo, no quiere decir que seas un incompetente, que no vales nada: quiere decir que te tienes que esforzar más, que debes pensar cómo organizarte mejor.
Y los profesores debemos ayudarles no valorando su talento (“es muy bueno”) si no valorando el esfuerzo (“trabajó mucho”). Las imperfecciones no son una vergüenza son un reto para mejorarlas: el “¿cómo es posible que no sepas?” de los profesores es contraproducente porque les roba a los alumnos la confianza en sí mismos, en la clase y en el profesor. Y las chicas, en esto, son mucho más vulnerables: en general, les afecta más lo que opinan de ellas.
Que los estudiantes “tengan que sudar tinta para conseguir algo”, debe hacer que los profesores no miremos tanto a “la falta de talento” y admiremos el esfuerzo de nuestros estudiantes: el esfuerzo no debe empequeñecer tus habilidades. Y no te preocupes por saberlo ya, por progresar rápido.
Por último, ahí van algunos consejos prácticos.
No presentarles los modelos “tipo genio”, mentes brillantes que gracias a su gran talento descubrieron o innovaron. Porque nos olvidamos de los más importante: de lo mucho que trabajaron, de lo que aprovecharon los progresos de los que les precedieron o de sus coetáneos.
No elogiar la rapidez o la perfección: son los principales enemigos del aprendizaje. Es mejor negar el elogio: “creo que era demasiado fácil para ti, te he hecho perder el tiempo, perdona. ..vamos a hacer algo que realmente te permita aprender”.
Quitarles presión: “Debe ser terrible sentir que todo el mundo está evaluándote (padres, profes, compañeros). No le doy importancia a la evaluación, para mí lo importante es que aprendas: y trabajando y esforzándote lo harás. Estoy seguro. Sólo haremos pruebas para saber si te esfuerzas lo suficiente y en la dirección correcta.
No mejoraré la autoestima de mis estudiantes protegiéndolos del fracaso. Seré claros a la hora de diagnosticar por qué no se ha progresado: hay que aprender de los fracasos, buscar las causas (trabajo insuficiente o mal orientado) y comprometerse a hacer lo necesario para conseguir el éxito. El verdadero talento es dejarse ayudar para aprender otras maneras de hacerlo mejor.
“Las cosas aburridas son un reto para aprender a concentrarnos. Veremos a ver si eres capaz de mantener la concentración”
No juzgo, enseño. Se trata de un proceso de aprendizaje. Coger a adolescentes con potencial y machacarlos con el peso de una etiqueta es una verdadera tragedia, además de una estupidez.